Bueno,
antes de empezar os advierto de que va a ser una entrada larga muy personal y casi dirigida, así que sentaos
y poneos cómodos o abandonadlo antes de que sea tarde.
Hablar
de Jana y su blog no es nada nuevo por aquí, además es una de mis comentaristas
habituales; lo que nunca os he explicado es la forma de reencontrarme con mi
amiga de la infancia, motivo por el cual os pongo en antecedentes.
Todo
comienza con el escaneo de una fotografía de hace unos años, más concretamente
cuando estaba en 8º de EGB (1978), ésta me hace cuestionarme acerca de
Cristóbal Vega Álvarez y vi tema para una entrada futura en el blog. Mi padre
como antiguo compañero suyo no pudo darme ninguna referencia actual así que
tiré de “San Internet de los desamparados” y ¡voilá! No sólo encuentro un blog
dedicado a su obra sino que además lo lleva su hija, mi amiga de la infancia. Lo
demás ha sido un intercambio continuo de mensajes y comentarios.
Ahora,
para que no suene a chino el título de la entrada os copio lo que he escrito a
mano durante estas dos últimas tardes mientras esperaba para asistir al
congreso de San Juan.
CON
LA PIEL DE GALLINA.
Y
aún se me eriza el pelo sólo con recordarlo.
Os
pongo en situación. Llevo un tiempo escaneando todas las fotos que encuentro
por casa, luego las intento ubicar en el tiempo y si lo consigo, las clasifico
por años. Las más antiguas te llenan de ternura, otras te consiguen sonrojar de
vergüenza (este es el caso). Además de la digitalización de fotografías también
estoy intentando poner en orden mi biblioteca, apropiándome de paso de algunos
libros olvidados en casa de mis padres (también este es el caso).
Como
disponía de una hora libre antes de las ponencias del congreso me senté en la
plaza de la iglesia de San Juan acompañado de un café con hielo y una ligera y
refrescante brisa. En la mochila lo que suponía un tesoro de juventud, en el
corazón la esperanza de haber encontrado un trozo maravilloso de mi
adolescencia.
Para
los que ya peináis algunas canas no os será desconocido el término “teatro del
colegio”, para los que no os suene deciros que hace algunos años, al menos hasta
que terminé EGB (no sé ni cómo se llama ahora) todos los cursos hacían una
pequeña representación teatral, actuación musical u otra actividad similar a lo
que hoy se llama “la fiesta de fin de curso”, la particularidad en mi época era
que en ocasiones este teatro contribuía a sufragar el viaje fin de curso de 8º,
los que nos despedíamos del Colegio
Público San Walabonso.
En
el año 1978, las representaciones, en dos sesiones, se hicieron en el cine y
para esta ocasión, los “niños de 8ª” llevábamos preparando, bajo la dirección
de Don Wolfgang, una pequeña obra de
teatro que había escrito el padre de una compañera nuestra, a la sazón
Cristóbal Vega, supongo que ya vais hilando esta entrada. En ella me tocó hacer
el papel de Bécquer, tanto en su variante de estatua como en el de actor,
¡recitando poesía incluso! Podéis imaginar lo que suponía para un adolescente de
la época aquejado además de una timidez excesiva. Aun así creo que hicimos un
papel más que digno, no me atrevo a decir todos los nombres de los que
participamos por temor a olvidar alguno de ellos, pero lo que si puedo asegurar
es que los numerosos ensayos sirvieron para disfrutar de una experiencia tan
nueva como el teatro.
Extraigo
el libro de mi mochila: Dos poetas,
Bécquer y Federico García Lorca, de C. Vega Álvarez. ¡Tiene que ser lo que
busco! Rápidamente, con avidez voy pasando hojas y en la página 21 encuentro:
“CABECITAS
LOCAS”
(Cuento
escenificado en un acto)
Escrito para los Colegios de Niebla
(esto último a mano por el autor)
14
personajes en un Cuadro Único, los jardines del parque de María Luisa de
Sevilla, 12 jóvenes adolescentes, su maestro (que no profesor) y Bécquer. La lectura
de un tirón, con el corazón a más de mil, el café se queda aguado en la mesa porque
mis ojos se niegan a apartarse de las hojas mecanografiadas. Estoy leyendo las
mismas páginas que estudié y repetí hasta memorizar hace 34 años, ciertos
diálogos, los míos, los voy adelantando a la lectura porque de algún lugar
recóndito van asomando las palabras y versos del poeta… con la edad y
experiencia vividas no me avergüenza reconocer que alguna lágrima saltó
fugitiva mientras leía.
Por una mirada, un mundo.
Por una sonrisa, un cielo.
Por un beso… ¡yo no sé
qué te diera por un beso!
En
estas más de tres décadas no sería capaz de contar las veces que he rememorado
la Rima XXIII, incluso en el Instituto de La Palma me proporcionó una cerrada
ovación en clase de Literatura cuando la recité (evidentemente jugaba con
ventaja). Personajes, situaciones, ensayos, nervios de representación, hormonas
adolescentes y unos recuerdos que todavía hace que se me ponga la piel de
gallina.
Amiga
Jana, Elena en la ficción, ahora me dirijo a ti personalmente porque quiero
hacerte una petición, quiero solicitar tu permiso para utilizar los versos de tu
padre en mi blog, como sencillo y sincero homenaje de un niño que ha tardado en
saborear su obra en un acto. Para convencerte intentaré chantajearte con otra
parte de la obra, el comienzo de la Rima I, así como una fotografía sin
desperdicio. Besos apretaos
Yo sé un himno gigante y extraño
que anuncia en la noche del alma una
aurora
y estas páginas son de ese himno,
cadencias que el aire dilata en las
sombras.






